miércoles, 11 de agosto de 2010

Lámparas de bajo consumo

Según el lugar, las lámparas de bajo consumo se conocen con diferentes nombres: bombillas de bajo consumo, bombillas de ahorro, bombillas ahorradoras de energía y técnicamente lámparas fluorescentes compactas (en siglas CFL, del inglés). 



Las ventajas de estas bombillas son claras e indiscutibles, aunque cuestan más caras, consumen mucho menos que las bombillas de incandescencia tradicionales (del orden de entre una cuarta y una quinta parte, lo que supone un ahorro de energía aproximado del 75 - 80%, es decir, el equivalente a una bombilla tradicional de 100W sería una bombilla de bajo consumo de unos 20 ó 21W) y duran mucho más que las bombillas tradicionales (entre 8 y 10 veces más, entre 8.000 y 10.000 horas, llegando incluso algunas lámparas más modernas a durar hasta 15 veces más, o sea unas 15.000 horas). Es por esto que además de reducir el consumo de energía eléctrica y reducir emisiones de CO2, con el tiempo también suponen un ahorro real de dinero.


Sin embargo no todo son ventajas, como su propio nombre indica (Lámparas Fluorescentes Compactas) la tecnología que encierran estas bombillas es la misma que la de los más vetustos tubos fluorescentes, sólo que más reducida en tamaño y con el tubo plegado o enrollado sobre sí mismo para ocupar menos espacio, por lo que heredan sus mismos inconvenientes: tardan un poco en encenderse (tardan también un poco en alcanzar la intensidad luminosa máxima), su vida útil se reduce cuantos más ciclos de encendido experimentan, parpadean, emiten un ligero zumbido y contienen mercurio (elemento altamente contaminante y tóxico).



El tubo de vidrio está revestido interiormente con sustancias fluorescentes (que además permiten corregir la temperatura de color de la lámpara, esto es la tonalidad que percibimos en la luz, más cálida, o amarillenta,  más fría, o azulada), estas sustancias emiten luz visible cuando reciben radiación ultravioleta. En el interior del tubo hay vapor de mercurio y un gas inerte (argón o neón). En cada extremo del tubo hay filamentos de tungsteno, cuando estos se calientan al rojo (al llegar tensión) se ionizan los gases del interior  y se genera una corriente de electrones entre un extremo y otro, emitiéndose la radiación ultravioleta requerida y luciendo el tubo. Además del tubo se requieren otros dos componentes: el cebador y el balasto (que a veces se llama reactancia). En una bombilla de bajo consumo todos estos elementos están compactados. 



En las bombillas de bajo consumo más modernas el balasto se sustituye por un pequeño transformador electrónico que corrige casi todos los inconvenientes: se encienden más rápido, sufren menos en los encendidos continuados (alargándose su vida útil), se reduce o elimina el parpadeo y se elimina el zumbido. Otro de los inconvenientes que solían tener estas bombillas, ser más grandes y pesadas que las bombillas tradicionales, también se ha ido solucionando con los años. Sin embargo siguen teniendo mercurio. Lamentablemente el mercurio es muy contaminante (un mg puede contaminar más de 25 m3 de agua, del agua pasa a los peces y de los peces a las personas que se los coman) y muy tóxico (se acumula en el organismo y a medida que la concentración en sangre aumente provocará enfermedad e incluso la muerte). Además el mercurio se absorbe muchísimo más por vía respiratoria, siendo el vapor de mercurio mucho más peligroso que el mercurio en su estado normal (líquido).


Por internet, incluso en la prensa, se ha difundido que en caso de rotura de una de estas bombillas, los vapores que se desprenden son altamente tóxicos (llegando a alarmarse algunas personas por internet hasta el punto de hablar de la posibilidad de muerte). Como siempre es muy fácil crear leyendas urbanas. Hay que ser rigurosos y estar bien informados. Una lámpara de bajo consumo antigua puede contener hasta unos 10 mg (miligramos) de mercurio (en los tubos fluorescentes el contenido en mercurio suele ser algo mayor, entre 15 y 25 mg), sin embargo las bombillas de bajo consumo más modernas suelen tener entre 2 y 5 mg.  Para comparar, los termómetros de mercurio tradicionales (que por cierto ya no pueden venderse) contienen unos 3 gramos de mercurio (3000 mg / 5 mg = 600, es decir, una bombilla contiene unas 600 veces menos mercurio que un termómetro). Por tanto el contenido en mercurio de estas lámparas es muy bajo.


Por ejemplo, la NEMA (Asociación nacional de fabricantes eléctricos de USA) ha desarrolado un estándar de contenido máximo de mercurio, según la potencia de las bombillas, de 5 ó 6 mg por unidad. He podido encontrar también, en la página web de OSRAM (uno de los principales fabricantes europeos de lámparas, del grupo alemán Siemens) los resultados de un test de rotura de lámparas con contenido en mercurio, tal como indican, la prueba se realiza con el caso más desfavorable, una lámpara de 58W y con un contenido de mercurio de 5 mg (y a menor potencia, menor contenido en mercurio). La concentración de vapor de mercurio en el aire de la habitación  (15 m2,  2,3 m de altura, 35 m3) no supera la cuarta parte del límite que marca la norma alemana de niveles de exposición máxima en lugares de trabajo (OSHA PEL - TRGS 900). Tras ventilar la habitación unos 5 minutos los niveles vuelven a 0.


Es por esto que los riesgos para la salud debidos a la rotura de una lámpara de bajo consumo son muy muy bajos (siendo lo realmente peligroso la exposición repetida, prolongada y acumulativa durante años). De todos modos hay que tomar una serie de precauciones (véanse las recomendaciones de la EPA, la Agencia de protección medioambiental de USA, o las del fabricante OSRAM; vienen a ser las siguientes: evitar respirar en las inmediaciones de la bombilla rota, ventilar la habitación durante al menos 15 minutos (antes de ponerse a limpiar nada), después de ventilar proceder a limpiar los restos con cuidado, no respirando el polvo, protegerse la manos con unos guantes, y retirar los cristales y el polvo con una toallita o gamuza desechable húmeda (y un recogedor si es necesario) o cinta adhesiva (no es recomendable usar el aspirador, a menos que sea imprescindible). Los restos se depositarán en una bolsa bien cerrada.


Por supuesto, tanto los restos de una bombilla de bajo consumo rota, como las bombillas fundidas, no pueden tirarse a la basura, sino que deben llevarse a un punto limpio, para que allí se recupere el mercurio y poder reciclar las bombillas.



Hay otras dos cuestiones de las que también se han hecho eco algunos medios españoles, la posibilidad de que produzcan migrañas o eccemas en la piel a algunas personas. Lo cierto es que el parpadeo de una lámpara fluorescente podría producir dolor de cabeza a algunas personas muy sensibles, pero también es cierto que el parpadeo en las bombillas de bajo consumo se ha reducido notablemente (en algunas es casi imperceptible). A día de hoy no parece haber datos concluyentes de que puedan provocar o empeorar migrañas. Sobre la posibilidad de provocar eccemas o irritación en la piel, también es cierto que las lámparas fluorescentes emiten radiación ultravioleta (como el sol) y esta puede afectar a la piel, de todos modos el nivel de radiación que emiten es bajo (menor que los tubos fluorescentes convencionales)  por lo que, salvo a las personas con hipersensibilidad a la radiación ultravioleta (UV), no parece que suponga ningún riesgo.








2 comentarios:

rodrys compañ dijo...

hola , una pregunta , es necesario que estas lampara estén todo el tiempo ventiladas?
estoy substituyendo a unas de descarga por ahorradoras pero en el mismo gabinete. es posible?

Shuus47 dijo...

Buen aporte. Graciiias por el connteniddo!

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